2.4.15

2013: RESCATE EN L.A. (John Carpenter) / 1996

Escrito por Alejandro Bedía
Imagen: eCartelera.com
Tras varios años de inactividad, Snake Plissken (Kurt Russell) es requerido nuevamente por el ejército de los Estados Unidos y su presidente para que recupere un maletín que Utopía (Carpenter y su ironía nada sutil), la hija de éste último, ha sustraído, llevándoselo a Cuervo Jones, miembro de Sendero luminoso y líder de un grupo de insurrectos que domina la ciudad de Los Ángeles, ahora convertida en una isla después de un terrible terremoto que la asoló y la dejó en ruinas, siendo utilizada en la actualidad como una prisión a la que el gobierno envía, sin que exista oportunidad alguna de volver, a todo aquel considerado delincuente por las estrictas leyes imperantes. El contenido del maletín será decisivo no ya solo para el devenir de Los Ángeles o de los Estados Unidos, sino también de todo el planeta.

Nos encontramos ante una tardía secuela de 1997: Rescate en Nueva York, en la que lo único que varía con respecto a ésta es la ciudad donde se desarrolla la acción y el objetivo del protagonista (el rescate del presidente en la primera, la recuperación de un maletín en ésta). Seguimos disfrutando, además, de la mítica chulería de Plissken (resulta evidente que Hideo Kojima se inspiró en el personaje para crear a Solid Snake, el protagonista de la saga Metal Gear Solid, que ha contado con representación en todas las consolas de Sony, tanto de sobremesa como portátiles. Esta idea resulta fundada si observamos el atuendo de ambos -con especial atención en el parche, pero también en parte de la ropa-, el físico -la barba-, su actitud fanfarrona y arrogante -“eso me suena”, dirá mientras frunce el ceño y observa de manera suficiente al presidente, que le expone su misión y la recompensa que obtendrá a cambio-, o incluso alguno de sus gestos -al final, cuando Plissken enciende el cigarrillo y observa a la cámara mientras el humo pasa ante su cara, algo que hemos visto hacer a Solid Snake infinidad de veces-. Incluso ambos personajes comparten mote, “Snake”); o del carácter reivindicativo e ideológico que Carpenter establece en parte de sus filmes, de marcados tintes izquierdistas (una vez más, lanza sus nada disimulados dardos contra su país de origen, los estamentos que lo dirigen -el gobierno, el ejército, la iglesia…- y las leyes que éstos mismos estamentos imponen para mantener el statu quo. Baste como ejemplo la frase que el sargento Duty -Jason, otro habitual de la filmografía del director- le estampa a Plissken casi al principio: “Prostitutas, prófugos, ateos… nos estamos deshaciendo de toda la escoria”, refiriéndose al tipo de gente que envían a Los Ángeles; o la escena en la que el protagonista llega a la isla, observando en un túnel a un montón de sacerdotes que intentan convencer a los reos que llegan a la isla de que se dejen ajusticiar en la silla eléctrica para obtener el perdón; o la respuesta que da el comandante Malloy, interpretado por Stacey Keach, a Plissken cuando éste le pide fuego para el cigarrillo: “En los Estados Unidos no existen los fumadores. No hay tabaco, ni alcohol, ni drogas, ni mujeres, a menos, claro, que estés casado. No hay armas -un batallón acaba de intentar acribillar a Snake-, ni lenguaje soez, ni carne roja.” La respuesta de Plissken parece salir de la boca de Carpenter: “País de libertad”), dejando una vez más claro su pesimismo y su nula confianza en el ser humano (el final, en el que Snake utiliza el dispositivo oculto en el maletín para anular todo equipo o aparato eléctrico existente en el planeta, devolviendo a su población a los tiempos de la prehistoria y obviando la posibilidad de devolver el control total a su nación o de dárselo a los países del tercer mundo). Es una lástima que alguna de las secuencias de acción no funcionen del todo bien debido, principalmente, a la precariedad de los FX físicos (nunca a los prostéticos, obra del gran Rick Baker, autor de los rostros de la tribu que secuestra a Plissken y Taslima, y que está formada por aquellos individuos que se han sometido a operaciones estéticas fracasadas, quedando sus rostros completamente deformados), pareciendo incluso que el director se recrea en la pobreza de algunas de esas escenas de efectos (aquella en la que Snake hace surf en una ola provocada por un tsunami, o la otra en la que planea en ala delta junto a una travestida Pam Grier y Eddie -Steve Buscemi-, son, definitivamente, pobres).

Es simpático el detalle de que el pequeño submarino con el que Plissken arriba a Los Ángeles se llame Tiburón 3, pasando por delante de unos estudios Universal sumergidos y estando a punto de ser devorado por la famosa maqueta del escualo.